22 octubre 2013

De tanto encogérsele, se le había quedado el corazón hecho una bola minúscula por las idas y venidas de los amores raros. Y ahí estaba el diminuto músculo, tan hundido, latiendo en medio de la nada, tan flojito, que nadie era capaz de sentirlo si le ponían la mano en el lado izquierdo del pecho. Todo lo demás estaba bien. Todo lo demás estaba en su sitio. Y tenía ganas de todo con fuerza. Ganas de volver a los dieciséis, a los diecinueve, a los veintiuno. Tenía ganas de todo menos de querer. Y tampoco podría, por más que quisiera. ¿Quién iba poder así, teniendo, como tenía, un corazón estropeado?





Baltimore's Fireflies - Woodkid
Iron (2013)



3 comentarios:

Cé. dijo...

Yo creo que el corazón no se estropea, simplemente hay momentos en los que estamos más predispuestos a hacerlo funcionar que otros. Y, aunque pueda resultar absurdo, cuando tienes ganas de todo es fácil olvidarse de que existe un músculo llamado corazón. Son etapas, y diría que todas son necesarias.
PD. Me has recordado a escribiendo a Matías Malzieu o algo así. No me apetece buscar el nombre exacto. Al escritor de "La mecánica del corazón" y "La alargada sombra del amor", y algún que otro libro más.
Besis.

dEsoRdeN dijo...

siempre estás a tiempo de arreglarlo; hay momentos para todo

Raquel dijo...

Cé... serán etapas, o será que últimamente llueve demasiado y me pongo melancólica.

dEsoRdeN... yo no, yo no. Quien quiera arreglarlo, que lo arregle ;)