Bueno, no en el de las cosas. En el de las personas. Me refiero al valor entendido como la importancia, la atención y el aprecio, no como la valentía ni como los principios. Pienso en el valor que otros me han dado, en el que yo me he dado, en el que he dado a los demás.
He llegado a la conclusión de que muchos se han equivocado, pero sobre todo me he equivocado yo. No porque no haya sabido valorarme, sino porque aún sabiendo mi valor, he dejado que no me valorasen. Por no querer molestar, por no querer exigir, por no querer hacer demasiado ruido... Tanta paciencia va conmigo y supongo que es algo inevitable. No me gusta exigir, no me gusta reclamar atención, no me gusta molestar. Siempre espero que la reciprocidad salga natural, y que lo que doy me llegue de una forma u otra sin complicaciones, en algún momento. Y no siempre pasa. Y cuando no pasa, yo sigo esperando a que pase. Espero indefinidamente, porque me pierden los sentimientos y la esperanza, y así, uno va haciéndose cada vez más pequeño, cada vez más borroso. Y pierde cada vez más valor. Hasta el punto en el que ya ni siquiera le ven. Y así, acabas siendo invisible.
Y a eso he estado dándole vueltas durante días, y al final, de tanto pensar, acabé llegando a la gran conclusión. No es una cuestión de valor. Esperar cuando ya no hay nada que pueda esperarse. Ese es el problema.
...lo único que queda es ponerle solución.